Los tsunamis son fenómenos naturales que poseen un potencial de destrucción masiva, debido a su rápida propagación y capacidad de impactar múltiples continentes en cuestión de horas. Estos fenómenos no siempre se manifiestan como gigantescas olas que arrasan las costas; en muchos casos, son casi indetectables y solo pueden ser observados mediante mareógrafos. La etimología de la palabra tsunami proviene del japonés, donde se traduce como «grande ola en el puerto o la bahía», lo que refleja su capacidad para inundar áreas costeras y causar devastación. Mientras que el origen de los tsunamis es frecuentemente atribuido a movimientos sísmicos en el fondo del océano, diversas causas como erupciones volcánicas, deslizamientos de tierra e impactos de meteoritos también pueden generar estos poderosos eventos.
No todos los terremotos, sin embargo, generan tsunamis. La capacidad de un sismo para desencadenar un tsunami depende del tipo de movimiento en la falla tectónica que lo origina. Es crucial que el desplazamiento vertical de la falla sea significativo; solo aquellos terremotos que implican un movimiento vertical sustancial pueden generar un tsunami. Este fenómeno ocurre cuando una parte considerable de una falla se desplaza verticalmente, desplazando enormes volúmenes de agua, lo que da lugar a la formación de una onda que se propaga rápidamente. Por esta razón, los terremotos que ocurren lejos de la costa o en áreas no marinas suelen tener un impacto tsunamigénico prácticamente nulo.
En la memoria colectiva destacan ejemplos trágicos de tsunamis que han marcado la historia reciente, como el tsunami de 2004 en el Océano Índico, que fue resultado de un terremoto de magnitud 9.3 y que dejó casi 280,000 víctimas. Otro desastre de magnitud similar fue el tsunami provocado por el terremoto en Japón en 2011, que no solo causó más de 16,000 muertes, sino que también derivó en un grave accidente en la central nuclear de Fukushima, lo que elevó la preocupación sobre la seguridad nucleárica en regiones propensas a tales fenómenos. En contraste, el tsunami resultante de un terremoto de magnitud 8.8 en Kamchatka en 2025 no tuvo el impacto esperado, recordándonos que la magnitud no siempre se traduce en devastación proporcional.
Además de los terremotos, las erupciones volcánicas son otra fuente importante de tsunamis. La erupción del volcán Hunga Tonga en 2022 es un claro ejemplo, donde la violencia del evento volcánico creó olas que amenazaron varias costas del Pacífico. La historia también recuerda la erupción en Santorini, que en la antigüedad generó un tsunami devastador en el Mar Egeo. No obstante, los deslizamientos de tierra, ya sean submarinos o en zonas costeras, también son agentes tsunamigénicos, como evidenció el trágico deslizamiento en el Anak Krakatoa en 2018, que cobró cientos de vidas. Estas diversas causas reflejan la complejidad de los procesos que pueden llevar a la formación de tsunamis.
España no es ajena a esta amenaza, como lo demuestran los estudios geológicos que demuestran que la península ha sufrido tsunamis con cierta frecuencia. Las costas de Canarias y Baleares, así como la parte continental, están en riesgo debido a numerosas zonas sísmicas cercanas. El tsunami tras el terremoto de Lisboa en 1755 es uno de los eventos más significativos, que causó miles de muertes y destrozos. Para mitigar el riesgo, es esencial contar con sistemas de alerta temprana. Las boyas en el océano, conectadas a redes satelitales, permiten detectar cambios en el nivel del mar y alertar a las comunidades costeras sobre un posible tsunami, como ocurrió después del terremoto en Kamchatka en 2025. La preparación y la concienciación de la población son las claves para reducir los impactos devastadores de fenómenos naturales como los tsunamis.
















