En la búsqueda por alcanzar un estado óptimo de bienestar, el mercado del autocuidado ha evolucionado de ser una propuesta de paz mental a convertirse en un imperativo de consumo para muchos chilenos. Las clases de pilates, la última rutina de cuidado de la piel y las escapadas de fin de semana son solo algunas de las opciones que inundan el mercado, impulsadas por una presión social creciente que prioriza la imagen de bienestar sobre el bienestar real. Sin embargo, este consumo desmedido podría estar hipotecando nuestra paz mental, ya que muchos están optando por financiar estas experiencias a través de deudas crecientes, lo que genera una paradoja preocupante en la salud financiera de la población.
Las cifras son alarmantes: según el Informe de Deuda Morosa de la Universidad San Sebastián y Equifax, casi 4 millones de personas en Chile mantienen deudas impagas, donde la mora promedio supera los $2,4 millones. Este fenómeno es particularmente visible en el sector retail, donde las tarjetas de crédito se utilizan a menudo como herramienta para respaldar un estilo de vida aparentemente deseable, pero que en su mayoría no se puede sostener. Expertos como Paola Schiaffino, consultora en bienestar financiero, advierten que el autocuidado se ha transformado en una obligación económica más que en una fuente de tranquilidad personal, generando un ciclo de estrés y ansiedad.
La presión por cumplir con un estándar impuesto de bienestar se intensifica en un contexto donde la salud mental y emocional de los chilenos está en peligro. Un reciente estudio de Zurich indica que 1 de cada 4 personas enfrentará una condición de salud mental hacia el 2030. La tentación de buscar alivio a través de compras inmediatas, conocidas como «pequeños lujos», se convierte en una trampa financiera, generando una «tensión financiera permanente». Esto se agrava por la influencia de las redes sociales, que han distorsionado la percepción del bienestar al hacer que experiencias como cenas de autor o retiros espirituales se vean como requisitos para una vida satisfactoria, volviendo el gasto en ese tipo de actividades casi inevitable.
Socialmente, el acceso a experiencias «instagrameables» se ha transformado en un símbolo de estatus, donde las plataformas digitales han convencido a muchos de que el consumo es fundamental para vivir bien. Sin embargo, la tristeza detrás de este fenómeno es que, a medida que las deudas crecen -con algunos sectores enfrentando cifras hasta cinco veces su ingreso mensual-, el verdadero disfrute y la satisfacción personal se han perdido en la búsqueda de aprobación externa. Esto disfraza el consumo de bienestar como un acto social, cuando en realidad se convierte en una carga financiera insostenible para muchas familias chilenas.
La solución no radica en adoptar una postura de austeridad extrema, sino en reconectar el consumo con la satisfacción personal auténtica. Schiaffino señala la importancia de evaluar si una decisión de compra realmente contribuye al bienestar personal o si se basa en la necesidad de validación social. Su propuesta es sencilla, pero reveladora: antes de gastar en clases de yoga, una cena de autor o la suscripción a aplicaciones de meditación, preguntar si haríamos esa inversión si no pudiéramos compartirlo en las redes sociales. Si la respuesta es negativa, es momento de reconsiderar ese gasto: el verdadero bienestar financiero debería traducirse en tranquilidad y no en enredos de deudas.
















