La relación entre la filosofía, la educación y la alianza público-privada ha sido profundamente marcada por las secuelas de la dictadura militar en Chile. Este periodo político no solo dejó huellas en la memoria colectiva, sino que también tuvo un impacto devastador en el sistema educativo. En lugar de garantizar una educación pública de calidad, el régimen se enfocó en concentrar capital en manos de grupos económicos tanto nacionales como extranjeros. Así, la educación se transformó en un negocio más, donde el interés por la formación integral de las personas fue desplazado por la búsqueda de ganancias, lo que ha tenido repercusiones que perduran hasta el día de hoy.
La educación debería ser entendida como un derecho fundamental en relación con el ser humano, su desarrollo cultural y su humanización. Sin embargo, la realidad revela que en la actualidad, las reformas educativas han generado una estructura más centrada en lo técnico-administrativo que en el verdadero propósito de educar. La esencia de la educación, que debería nutrir la interioridad humana y fomentar cualidades que hacen de las personas individuos críticos y creativos, ha sido opacada por un sistema que prioriza la homogenización y la conformidad. La cuestión se vuelve urgente: ¿cómo podemos revertir esta tendencia y devolver a la educación su verdadero sentido?
El proceso educativo, como un acto de transformación personal, se basa en la adopción de hábitos que se convierten en parte del carácter del individuo. Estos hábitos se desarrollan a partir de la repetición de acciones, creando un ciclo que forma y, en algunos casos, limita la capacidad de los educandos para cuestionar y transformar su entorno. La educación auténtica debe fomentar valores que se traduzcan en virtudes y desarrollar una conciencia crítica que permita la modificación de la realidad social. No obstante, el actual estado de la educación en Chile sugiere que estas prácticas aún están lejos de ser la norma, lo que genera preocupación entre educadores y profesionales del área.
La articulación entre educación y política no es meramente funcional, sino que es esencial para la creación de un sentido de pertenencia y responsabilidad social. Un educador comprometido debe estar al tanto del impacto que su labor tiene en la sociedad, así como los políticos deben priorizar la educación en sus agendas. El desafío radica en elegir filosofías educativas que verdaderamente promuevan el bienestar y la conciencia colectiva, en lugar de perpetuar un modelo de control ideológico que no permita la formación integral de los estudiantes. La cuestión es si la actual clase dirigente está preparada para adoptar un enfoque realmente progresista en educación.
Por último, es crucial cuestionar la naturaleza de la alianza público-privada que está tomando forma en el ámbito educativo. Ante las críticas sobre el papel de las empresas en la educación, debemos preguntarnos: ¿realmente están estas corporaciones interesadas en el desarrollo de una conciencia crítica en los jóvenes de Chile, o su objetivo es mantener una estructura de poder que favorezca sus intereses económicos? La historia reciente ha demostrado que esas mismas empresas que ahora se presentan como aliadas en la misión educativa, fueron responsables de la sistemática destrucción de una educación pública inclusiva y de calidad. La necesidad de una educación que anteponga al individuo frente a la lógica del mercado es más urgente que nunca.
















