En el contexto del reciente asesinato de dos hinchas menores de edad a manos de carabineros, se ha reavivado el debate sobre la relación entre la educación pública y el fenómeno del fútbol en Chile. Una voz importante en esta conversación es la de Carlos Humberto Caszely, reconocido ídolo del fútbol nacional, quien atribuyó la responsabilidad de la crisis actual a la falta de educación en el hogar. Esta declaración ha polarizado opiniones y ha llevado a cuestionar si realmente todo depende de la educación familiar, o si existen factores estructurales más amplios que contribuyen a esta problemática. Es vital recordar que detrás de cada tragedia, hay familias que sufren y no se trata solo de un problema de educación, sino de un contexto social que se encuentra profundamente fracturado.
La calidad de la educación en Chile ha sido objeto de críticas durante décadas, destacando una marcada desigualdad que se traduce en una educación pública desmantelada y en un sistema que prioriza la competencia y el lucro sobre el bienestar de los estudiantes. Según un estudio de la OCDE, el sistema educacional chileno está profundamente estratificado y perpetúa las diferencias de clase. Esta no es solo una cuestión de familias ‘responsables’ o ‘irresponsables’, sino de un modelo que ha fracasado en proporcionar una base sólida y equitativa para todos los niños y adolescentes, independientemente de su contexto socioeconómico.
Las cifras sobre salud mental y condiciones de vida de los jóvenes en Chile son alarmantes. Un 52,9% de los adolescentes estudiantes presenta problemas de salud mental, una realidad que refleja la desesperanza y el estrés generados por una sociedad que prioriza el consumo y el individualismo. La corrupción en las barras bravas y la violencia en el fútbol no son más que reflejos de una cultura que se alimenta de la desigualdad, donde los jóvenes buscan pertenecer a un grupo a través de actos extremos, ya sea por la desesperación o por la falta de oportunidades. Este fenómeno está íntimamente relacionado con la educación y el contexto social en el que estos jóvenes crecen y se desarrollan.
Es crucial entender que el ecosistema de las barras bravas no se puede separar de la violencia sistémica dentro de la sociedad chilena, un país que históricamente ha vivido situaciones de opresión y vulnerabilidad. Este contexto no brinda las herramientas necesarias para la formación de ciudadanos críticos y responsables. La violencia y el abandono son productos de un sistema que ha desatendido a las comunidades, y seguir enfocándose únicamente en las repercusiones superficiales, como el comportamiento de los hinchas, es ignorar las raíces del problema. No podemos permitir que el dolor de la pérdida de vidas inocentes se diluya en un discurso centrado únicamente en la culpa de los padres.
Para avanzar hacia un cambio significativo, es imperativo reconstruir la educación pública con un enfoque social y emancipatorio. La famosa frase de Paulo Freire, «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo», resuena con mayor fuerza en momentos como este. Esto nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de un cambio profundo en la formación de las nuevas generaciones, quienes deben ser educados para ser ciudadanos ejemplares; no solo en el fútbol, sino en todas las dimensiones de la vida. Hablar de transformación significa abordar las estructuras que perpetúan la desigualdad y promover un diálogo que valide las vidas y experiencias de todos los chilenos.
















