El pasado fin de semana, el Estadio Monumental se convirtió nuevamente en escenario de una dolorosa tragedia, donde la brutalidad policial se cobró la vida de dos jóvenes, Mylan Liempi de 12 años y Martina Pérez de 18. Esta lamentable situación ha encendido la indignación y el luto en la comunidad colocolina y más allá. La memoria de estos dos jóvenes se convierte en un recordatorio de las injusticias que aún persisten en nuestra sociedad y de la necesidad urgente de reflexionar sobre el papel de las fuerzas de orden público en momentos de vulnerabilidad social. Las familias de Mylan y Martina merecen respuestas y un verdadero proceso de sanación, no solo de su pérdida, sino también del contexto violento que les arrebato a sus seres queridos.
Como Prometeo que desafía a los dioses, el autor de esta columna urge a la sociedad a encender el fuego de la rebeldía en contra de la desesperanza y la resignación que a menudo parecen dominar el panorama nacional. La metáfora de las llamas es potente, ya que ese fuego representa la insistencia en la lucha por la dignidad, la resistencia a permitir que la historia sea escrita por aquellos que se benefician del sufrimiento de los demás. Llamar a la juventud a romper el silencio y a cuestionar la normalidad de la violencia que se respira en Chile es fundamental para abrir el camino a un futuro donde la justicia y la igualdad prevalezcan.
En este contexto de desconfianza y desesperanza, el llamado es claro: no permitamos que los nuevos líderes, disfrazados de cambio, perpetúen las viejas prácticas de opresión y corrupción. Los jóvenes tienen el poder de reescribir su historia, de devolver el sentido de pertenencia a un país fracturado por desigualdades. Es su momento, un tiempo donde el idealismo y la pasión pueden generar un impacto significativo en la construcción de un Chile más justo y humano. La historia está llena de ejemplos de juventudes que han cambiado el rumbo de su tiempo; hoy, más que nunca, es necesario que este espíritu renazca entre las nuevas generaciones.
La urgencia de la época es clara; no se trata solo de asistir pasivamente a un espectáculo político, sino de convertirse en agentes activos de cambio. La inspiración que surge de las luchas pasadas debe ser un motor que impulse a las nuevas generaciones a actuar. Ya no se trata de permanecer en la galería mientras la historia se despliega: el momento es ahora. La juventud debe cuestionar, soñar y actuar en consecuencia, construyendo desde sus entornos hacia una sociedad que priorice lo humano por encima de lo económico. De esta forma, el legado de quienes lucharon en el pasado permanece vivo a través de sus acciones.
A medida que se acercan las elecciones presidenciales y parlamentarias, el autor recuerda que el verdadero desafío radica en no dejarse llevar por discursos vacíos y propagandas engañosas. La juventud tiene el poder de rechazar las viejas estructuras y construir un futuro donde la dignidad, la igualdad y el amor no sean privilegios, sino derechos de todos. Es momento de ser la generación que despierte, la que se niegue a adaptarse a la injusticia y se atreva a plantear un nuevo Chile, uno donde la sociedad en su conjunto, especialmente los más vulnerables, encuentren una voz y un lugar en el proceso de construcción política y social.
















