Camilo, un hombre de 62 años, se atrevió finalmente a hablar sobre los abusos que padeció a manos del sacerdote Alejandro Cautín Ramos cuando solo tenía 13 años. Aquel jueves 28 de octubre de 2021, Camilo se unió a una videollamada convocada por el fiscal Xavier Armendáriz, quien estaba investigando los crímenes dentro de la Congregación Salesiana. Tras haber vivido una vida llena de desafíos y haber logrado una cierta estabilidad personal, Camilo decidió que ya era hora de confrontar los demonios de su pasado. Durante cinco largas décadas, su silencio estuvo alimentado por un profundo sentido de culpa, hasta que un tratamiento psicológico le reveló que no era el responsable de las atrocidades cometidas en su contra.
Los abusos, que iniciaron en su niñez y continuaron hasta su adolescencia, comenzaron cuando Cautín Ramos ofreció a Camilo un trabajo en una imprenta, mientras él lidiaba con una situación familiar complicada y carecía de los recursos básicos. Camilo compartió con la Fiscal que su hogar no tenía baño y que en su mediagua convivía con una familia disfuncional. El sacerdote, quien parecía ser una figura de apoyo, le ofrecía cada vez más, desde invitarlo a usar su baño privado hasta acceder a un espacio seguro en el colegio, pero pronto esa cercanía se tornó en manipulación y abuso. El sacerdote comenzó a tocarlo de manera inapropiada, llevándolo a un camino de sufrimiento y de dependencia emocional.
Camilo, que no contaba con el apoyo de su familia, decidió callar su sufrimiento por miedo al rechazo y al escepticismo de sus compañeros de colegio. En una sociedad donde los abusos no se hablaban abiertamente, hacerlo significaba enfrentarse a un estigma social. De hecho, cuando decidió ponerle fin a la relación abusiva, su propio verdugo lo amenazó con quitarle el trabajo y el apoyo que le había brindado. Este poder que Cautín ejerció sobre él no solo fue emocional, también tuvo una dimensión económica que lo mantenía acorralado y vulnerable.
El caso de Camilo se suma a otros ocho, cuyos relatos han salido a la luz recientemente, arrojando luz sobre una cultura de encubrimiento al interior de la Congregación Salesiana. A pesar de las evidencias presentadas en la justicia, donde se demostró que los abusadores apenas enfrentaron consecuencias, los sacerdotes involucrados en estos crímenes fueron simplemente trasladados de colegios en lugar de ser llevados ante la justicia. La reciente decisión del Séptimo Juzgado Civil de Santiago indica un reconocimiento del sufrimiento de las víctimas, ordenando compensaciones económicas que, aunque insuficientes ante el daño causado, representan un pequeño paso hacia su sanación.
En un momento de confesión desgarrador, el testimonio de Camilo también puso de relieve cómo esta cultura del silencio ha perpetuado el sufrimiento de tantas víctimas. Y aunque algunos casos han sido finalmente denunciados y, en consecuencia, los abusadores han sido expulsados o sancionados, la herida sigue abierta. Como bien expresó Camilo al final de su declaración: no es solo una lucha por compensaciones económicas, sino por justicia, resarcimiento de daños y, sobre todo, un cambio en la sociedad que permita que las voces de los que sufrieron en silencio sean finalmente escuchadas y validadas.
















