El reciente posicionamiento del presidente chileno Gabriel Boric en relación al conflicto entre Israel y Palestina ha causado ondas de impacto a nivel internacional, aunque muchos analistas consideran que su acción es solo un «coscorrón diplomático». En un contexto donde las atrocidades en Gaza han captado la atención del mundo entero, el retiro de los agregados militares de la embajada chilena en Israel parece ser una medida simbólica más que efectiva. El impacto real de esta decisión podría ser mínimo, ya que el régimen de Netanyahu parece inmutado ante acciones aisladas de condena, como si se tratara de un gesto de desdén que no perturba su agenda militar ni sus alianzas estratégicas.
Desde el comienzo de la ofensiva israelí en Gaza, que ha causado la muerte de más de 50 mil palestinos, principalmente mujeres y niños, la indignación global ha resonado en las calles y en foros internacionales. A pesar de las protestas y las condenas de diversos gobiernos, la acción de Israel ha continuado sin pausa, donde la intención de diezmar a toda la población de la franja se ha hecho evidente. La situación humanitaria en Gaza es desoladora, con el pueblo sufriendo la escasez de agua, electricidad y alimentos, un testimonio palpable del genocidio en curso que muchos califican como una repetición de los horrores del Holocausto.
La ineficacia de las Naciones Unidas en la resolución de conflictos internacionales ha salido a relucir, especialmente ante la magnitud del sufrimiento en Gaza que ha puesto a prueba la credibilidad del organismo. Las críticas se centran en la burocracia que obstaculiza una respuesta oportuna y efectiva, mientras las potencias mundiales ejercen su poder de veto en el Consejo de Seguridad. Esto subraya no solo la falta de voluntad política para actuar ante el genocidio, sino también una clara dependencia de los intereses de Estados Unidos, cuya postura ha sido, en muchos casos, cómplice de las acciones de Israel.
El papel de Estados Unidos como gran aliado de Israel se ha consolidado con el tiempo, particularmente bajo la administración de Donald Trump, quien tenía la facultad de frenar esta agresión en Gaza en cuestión de días. Sin embargo, su respuesta ha sido más bien de complicidad ante las circunstancias, dejando a las naciones más pequeñas lidiar con la responsabilidad de expresar su rechazo. La hipocresía también se extiende a Europa, cuyas declaraciones de condena no han sido acompañadas de acciones concretas para frenar las hostilidades, lo que evidencia un compromiso superficial hacia la defensa de los derechos humanos.
Algunos analistas consideran que las decisiones de Boric, aunque bien intencionadas, podrían acarrear repercusiones negativas para Chile en el ámbito internacional, especialmente en lo que respecta a su relación con Estados Unidos. El temor a perder beneficios económicos, como el acceso a la Visa Waiver o las condiciones favorables de aranceles en su comercio, ha llevado a muchos a cuestionar la viabilidad de un rompimiento de relaciones más contundente con Israel. Sin embargo, hay quienes abogan por un liderazgo más firme en la condena a Israel y en la promoción de una respuesta colectiva del continente, sugiriendo que el enfoque hacia este conflicto debería ser más que un simple coscorrón diplomático.
















