La educación, entendida en su sentido más profundo, no puede separarse de una reflexión filosófica que le dé sentido a su propósito. La concepción del bien, íntimamente ligada a la teoría de los valores, es fundamental para que la educación cumpla su misión esencial de formar el espíritu humano. Cuando se fragmenta el proceso formativo por el predominio de intereses económicos, la educación se desvía de su verdadero norte y se convierte en una mera herramienta al servicio del mercado, despojando al individuo de su compromiso personal y afectando su desarrollo integral. Así, el enfoque utilitario desplaza la búsqueda del bien común y la realización del ser humano como finalidad de la educación, lo que plantea desafíos urgentes para nuestro sistema educativo actual.
Es un hecho que hoy en día muchos plantean que la educación puede basarse en principios científicos, pero esta concepción resulta problemática. La ciencia, al ser despojada de un enfoque filosófico, deja de lado el interrogante esencial sobre la naturaleza del ser humano. Sí, es cierto que se poseen herramientas y métodos para el conocimiento, sin embargo, si no se aborda la pregunta por la humanidad en su esencia, se corre el riesgo de convertir a la educación en un mero procedimiento técnico que ignora la profundidad del ser. La filosofía, en contrapartida, nos ayuda a retomar esa búsqueda de significado, permitiendo que la educación se fundamente en una comprensión integral y humanizadora del individuo.
En este contexto, la búsqueda de la verdadera realidad debe guiar la educación hacia el cultivo de la libertad. La perspectiva heideggeriana de comprender la existencia como un devenir, permite vislumbrar la educación como un proceso que trasciende la mera transmisión de conocimientos. La libertad constituye la esencia de la educación auténtica, pues permite a los individuos explorar sus capacidades y convertirse en agentes activos en su propio proceso de aprendizaje. Esta trascendencia impulsa a los educadores a crear un espacio donde la curiosidad y la búsqueda de respuestas sean valoradas, lo que a su vez fomenta la formación de ciudadanos críticos y comprometidos con su sociedad.
Sin embargo, la realidad del sistema educativo actual es alarmante. Se imponen reformas educativas que carecen de un fundamento claro en filosofía, basándose en criterios economicistas y en un tecnocratismo que ignora las necesidades reales de los docentes y estudiantes. Esta situación ha llevado a un déficit alarmante de profesores en diversas regiones, lo que refleja las difíciles condiciones laborales y la falta de reconocimiento profesional en el ámbito educativo. Tal contexto revela que no se están formando profesionales capacitados para educar de manera integral; por el contrario, se perpetúa un ciclo de superficialidad que afecta el futuro educativo de muchos jóvenes.
Así, la educación necesita repensarse desde fundamentos filosóficos que prioricen la dignidad humana y el desarrollo integral. No se trata únicamente de llenar mentes con información, sino de formar seres humanos críticos, creativos y autónomos. La relación entre maestros y alumnos debe ser renovada, donde los educadores sean vistos como modelos a seguir y facilitadores de una búsqueda genuina del conocimiento. Solo así se podrá transformar la educación en un verdadero instrumento de humanización, que potencie tanto el intelecto como el corazón y la voluntad, hacia el fin último de formar personas que contribuyan al bien común en nuestras sociedades.
















