En una reciente entrevista en su programa web *La Realidad de la TV*, el periodista Álvaro Sanhueza compartió un impactante testimonio sobre su experiencia laboral en Mega, donde trabajó durante varios años como reportero del matinal *Mucho Gusto*. Sanhueza expuso que, a pesar de la imagen cordial que los presentadores proyectaban en pantalla, la dinámica interna del equipo era radicalmente distinta. «Algunos tenían actitudes muy diferentes entre bambalinas», mencionó, dejando entrever un ambiente de trabajo marcado por tensiones y conflictos, lo que resalta la desconexión entre la imagen pública y la realidad profesional en el medio televisivo.
El relato de Sanhueza se centró en un cambio de administración dentro del programa, donde un nuevo productor, conocido entre sus colegas como “El rubiecito”, ocupó una posición de liderazgo. «Era como poner al gato a cuidar la carnicería», declaró Sanhueza, criticando la decisión de elegir a alguien que había languidecido en la producción durante dos décadas. Esta metáfora marcó el inicio de un proceso en el que el nuevo líder no supo gestionar adecuadamente el equipo, generando un ambiente tenso que afectó la moral del personal.
Describiendo más a fondo la personalidad de este productore, Sanhueza indicó que su comportamiento era errático y calculador: «Con los animadores y las invitadas, se comportaba de manera muy simpática, pero con el resto del equipo era un auténtico déspota». Esto creó un clima de miedo y desigualdad que permeaba el equipo de producción. La dualidad de su conducta destacó las jerarquías y la falta de respeto hacia los profesionales que trabajaban detrás de las cámaras, revelando un lado oscuro de la televisión que muchas veces queda oculto al ojo del espectador.
Un momento que conmocionó al equipo, según Sanhueza, fue cuando una editora periodista fue humillada públicamente. «La hizo llorar frente a todos y nadie, ni siquiera yo, nos atrevimos a intervenir», recordó con pesar. Este episodio evidenció una falta de solidarización entre colegas y una atmósfera donde el miedo al represalia primaba sobre el apoyo mutuo. El silencio y la inacción del equipo fueron una clara manifestación de complicidad en un entorno tóxico, donde el respeto y la dignidad de los trabajadores quedaban relegados.
Para cerrar su intervención, Sanhueza se permitió una reflexión sobre la calidad del contenido que se producía en ese entonces. «Fue una televisión chata, sin contenido, y no me siento orgulloso de haber participado en ella», expresó. Reconoció que, a pesar de defender en su momento lo que hacían, hoy revisa esa época con una crítica más profunda, lamentando que muchos reportajes eran de bajo calibre y carentes de valor periodístico real. Así, su testimonio no solo servía para exponer las tensiones internas de un equipo de televisión, sino también para cuestionar la ética y la calidad de los contenidos que consumimos.
















